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lunes, 5 de julio de 2010

Soldado de Ánsalon (parte II)


…

Han pasado ya casi dos años y cualquier vestigio de odio se ha disipado en mí. Ahora siento un profundo desasosiego, equiparable solamente al de quien vaga sin rumbo o sin saber manejar instrumentos que le guíen hasta buen puerto.

La sensación de soledad sólo es comparable con la vacuidad que me embarga. Tengo agarrado un manojo de nudos en el centro del cuerpo que tira de todas partes sobre sí mismo, hacia un punto desconocido que todo lo quiere fagocitar. Puedo oír una voz en esos momentos, algo que me llama hacia el interior, pero no comprendo su lenguaje y desconozco los términos en los que se comunica conmigo, ni lo que espera de mí.

Busco noctívago el siguiente eslabón en esta cadena pesarosa que es mi vida, pues a la noche la pesadilla me embarga y al día no siento más que mi cuerpo es una cáscara, a la que la alimaña extrajo toda enjundia que alojaba en su interior.
Desorientado me alejo de donde fui vendido, al tiempo que viejos ideales aun revolotean por mi mente cual papiros olvidados al descuido, como en una torre de fenestras abiertas en la que el vendaval hace bailar papeles hasta vaciar la estancia, dejando allí algunos de ellos inconexos, imposibles de descifrar en un orden o continuidad que tenga sentido.

Día a día, noche a noche; de terrible dolor, carne lacerada, ojos desorbitados, bocas repletas de moscas, y vísceras desparramadas por el verde piso; de tales aberraciones escapo durante la noche al momento de verme atravesado de lado a lado, sintiendo más dolor en el alma que en la envoltura que es el propio cuerpo, pues tal es la naturaleza enigmática de los sueños que nos traen sensaciones alteradas en algunos casos tan reales o dolientes como la propia realidad.

Ahora mi rumbo es incierto pues busco el yo perdido incluso creyendo que no puedo hallar en el contexto algo que sólo puede encontrarse en mi propio interior, y tal es mi contradicción. Pero el entorno cambia a mi paso firme y de alguna forma siento que mi yo interno sufre una desconocida metamorfosis, que mi búsqueda encuentra un sesgado sentido, que lo que hay en mi interior muta levemente por aquello de acercarme hacia alguna comprensión, que incapaz de calificar ahora, guía mis pasos.

El nuevo camino se abre ante mí y ello mismo me impulsa a seguirlo, pues antaño anduve por los establecidos por otros. Reconozco pues la emoción de un rumbo que presiento establecido, pero no por la voluntad de hombre alguno, si no por los ecos de mi propio destino que me llama desde el horizonte, que rezuma como inquieto de desvelarse ante mí y otorgarme a priori el objeto de mi búsqueda.

¿Y qué busco pues? ¿Es venganza? ¿Entendimiento? ¿Acaso me dirijo allí donde pueda dar muerte a mis pesadillas o tan sólo busco la propia muerte por cual merezca la pena definitiva morir?

La voz del precipicio sigue seduciéndome. Susurra mi nombre acariciándome como el vapor de agua que se adhiere a la tez, mas me resisto pues sé que no acaba mi camino en su fondo, porque si así fuere me habría vaciado junto a mis hermanos.
Mi camino no acaba si no de empezar, pues aún he de comprender por qué parece ayer cuando la sangre circulaba rauda por la comisura de mis labios.

jueves, 1 de julio de 2010

Soldado de Ánsalon (parte I)

Parece ayer cuando la sangre circulaba rauda por la comisura de mis labios. Había perdido las fuerzas y con ellas la consciencia. Un par de robustos cuerpos cubríanme parcialmente y hube de hacer un gran esfuerzo para zafarme de onerosa presa.

Nada más en pie pude contemplar aquel panorama desolador. Multitud de cuerpos sin vida, quietos, rotos; la sangre indolente, cansada, no queriendo ya salir de ellos. ¿Cuánto tiempo yací en ominosa tesitura? 

Toda mi unidad estaba destrozada, esparcida por el suelo como los pétalos de una flor pisada; como si de una baraja arrojada por un niño al suelo se tratase. Mezclábase la sangre de distintos cuerpos sin conocer su procedencia; mezclábase la carne de distintos cuerpos sin saber su pertenencia. Eran mis compañeros y ahora ya no quedaba alguno con vida. Crecí con ellos, aprendí con ellos, sangré con ellos ¿Por qué motivo no me desequé como ellos? Quizá hubiera sido mejor, pues al menos no habría de soportar el castigo de contemplar aquel horror y recordarlo en un tedio mortificante.

Todavía no puedo comprender cómo exactamente sucedió. Nos vimos rodeados en aquel paso esperando la llegada de los caballeros. Pude verlos venir, pude verlos testigos de nuestra enconada lucha. Por un instante pude sentirlos quietos, inmóviles, observando tras su yelmo desde aquella raja en el metal. Incluso sentí el miedo de sus monturas y me encontré con la duda de sus pensamientos. Pero se fueron. Dieron la vuelta en redondo sin más y un dolor vil y amargo como la sangre ya corrupta empachó el paladar de mi ser.

Desde ese preciso momento, a mi parecer, la matanza cobró sentido en su extrema lentitud. Casi pude ver morir a cada uno de mis compañeros hasta ser yo mismo quien caía entorpecido por el tapiz de cuerpos, a reunirme con ellos sobre la hierba de Ánsalon. Es de un inenarrable y doloroso terror ver atravesado sin remedio ni remiendo posible a tu amigo en la batalla, o ver a otro arrastrarse dejando un brazo atrás, con la mirada ya vencida a la espera del golpe fatal.

Con la vida perdida, manirrota, desatada, pocas cosas podía ya intentar pues sin conocer de facto el uso de la voluntad que la interfiriese, la voz del fondo del precipicio reclamaba mi presencia día tras día. Y fue difícil resistirse, ya lo creo que lo fue.

….

Recuerdo que mi padre me inculcó la importancia de la obediencia y el respeto de las leyes. La manera en la que la defensa de la vida y el orden se organizaban en aquel complejo entretejido de normas, costumbres, bien hacer, y sentido común.

Era su vida, capitán de la guardia; un camino que me vi obligado a seguir sin opción ni duda, trazado desde antes de la propia concepción de la idea que engendraría la persona más tarde conocida con mi nombre, Dorian

Así crecí y conocí a los que serían compañeros, amigos, y hermanos; luego muertos, con toda una vida apuntando sin saberlo hacia un único momento que nos esperaba desde el futuro con abyectas intenciones.

Todo para aquello, todo para nada. Educados y entrenados para morir ese día. Ya daba igual lo que hubiera acontecido en sus vidas pues no eran más que retazos de polvo en el pasado, huellas invisibles que no tardarían en desaparecer sin trascendencia ni pena, salvo para unos pocos.

…

Deber, leyes, reglas, obediencia. Ya nada de eso tiene sentido. Todo es un fatuo invento al servicio de unos pocos que mueven ficha cuando es de su apetencia con algún egoísta y en ocasiones soterrado fin. 

Las normas sólo buscan opresión, castigo, docilidad… Impiden el suceder natural de las cosas,  el transcurrir en sí mismo. Fruto de la costumbre y el artificio nos movemos con pasos impropios hacia lugares no escogidos. ¿Qué sentido tiene esta vida a medias en la que no puedo decidir como errar, o hacia donde inclinarme? ¿Ese es el sentido de todo pues? ¿Obedecer hasta morir sin comprender el por qué?

Me resulta en extremo ajena toda aquella parafernalia prefabricada e impuesta. De pronto siento que di un paso en el entendimiento, en el verdadero sentido de las cosas. Una vez me he desprendido de la venda puedo ver con claridad que el horizonte no es si no neblinoso y que por eso mismo se afanan tanto unos y otros en reglar el camino, para que nadie se pierda entre la bruma, pues vagar sin rumbo no es del beneficio de nadie salvo del propio, y servirte a ti mismo no es de interés ni satisfacción para los que buscan provecho mediante otros.


...

jueves, 13 de mayo de 2010

Un Trabajo Fácil - Segunda parte

           La camioneta de reparaciones se detuvo a unos metros de la puerta. Un hombre rubio ataviado con un mono azul salió del interior portando una pesada caja de herramientas. Entró en el edificio.
          -Perdone señorita, vengo a reparar el aire acondicionado.
          -Si, mire es por allí ¿ve la puerta de los servicios?, Pues la siguiente lleva directamente al piso de abajo donde se encuentran los aparatos.
          -Muchas gracias.
          El hombre se encaminó hacia allí, pero entró antes en los servicios. Una vez allí y después de comprobar que se encontraba solo, pensó en la puerta de entrada a los servicios, y a una mirada suya el pestillo de la puerta se cerró. Después su cuerpo sufrió una descomposición molecular, para volver a formarse instantáneamente a tan solo unos centímetros de donde se encontraba. En el proceso su ropa cayó al suelo atraída por la aceleración de la gravedad terrestre. La cogió toda y la metió en la caja de herramientas. Colocó la caja en uno de los servicios individuales, y cerró su pestillo de igual forma que hizo anteriormente con el de la puerta de entrada.
  Se encaminó hasta ésta y la atravesó como si de una cortina de humo se tratase, sin provocar ni un solo imperfecto en ella. Salió y comenzó a andar sin que aparentemente nadie pareciera ser consciente de su desnudez. Decidió encaminarse por las escaleras pues aunque conocía el piso exacto no era prudente entrar en el ascensor. Así que su cuerpo pareció dejar atrás la masa corpórea y comenzó a ascender por el hueco de la escalera aunque no demasiado rápido. Después de todo una reparación requiere su dedicación.
          Tras haber subido varias plantas se detuvo en el pasillo. Mientras, proyectó su mente escaleras abajo para averiguar la ubicación de los instrumentos que se hallaban estropeados. Pasados unos instantes reanudó su marcha deambulando entre los hombres de seguridad y de nuevo atravesó una puerta. La estancia era muy lujosa y pudo comprobar que se hallaba bien insonorizada. En su interior había dos hombres que hablaban...
          -Señor todos los parámetros defensivos...
          El rubio acogió el comentario con una mueca burlona. Y comenzó a deambular por la habitación con cautela para no ser descubierto. Entre tanto proyectó su mente hacia el panel de control del aire acondicionado. Sería una reparación fácil.
          -Gracias a Jesús, creí que iba a...
          -¿Morir?... -pensó el hombre del pelo rubio.
          Se dispuso a esperar un rato para coartar el tiempo, debido a las reparaciones del aire acondicionado.
          Consideró sus posibilidades. Podría destrozar su cerebro en un momento, haciéndolo papilla pero no sería creíble, el forense encontraría evidencias físicas que no podría explicar. Sin embargo podría freírlo, aumentaría la tensión eléctrica de su cerebro y haría añicos las sinapsis de sus neuronas. Rápido eficaz y limpio, pero planteaba el mismo problema que el método anterior.
          Podría ahogarlo. Retener algo de dióxido de carbono en una de sus expiraciones y crear una barrera para impedir el intercambio gaseoso. Sería una muerte lenta y ruidosa, pero del mismo modo nada justificaría su asfixia. El rubio había recibido órdenes concretas: nada de federales investigando una muerte sin explicación.
Se le ocurrió mientras le observaba que podría bajar sus pulsaciones si frenaba la velocidad de su sangre, con toda esa carne, todos esos vasos sanguíneos pugnando por recibir su justo caudal, no sería de extrañar que encontraran una insuficiencia cardiaca como causa del fallecimiento. Sería creíble desde el punto de vista médico, pero el FBI quizás encontrara sospechoso su muerte tras la reciente traición. Podrían querer encontrar alguna dudosa conexión con el gobierno ruso, o inventarla, y se recrudecería la guerra fría. No convenía avivar las brasas de hogueras ya casi extintas.
          -Impenetrable...
          Pensó que era preferible entregar a un culpable que dejar que los sabuesos federales buscaran justificaciones absurdas, un caso sin cerrar demasiado tiempo acabaría encontrando una desagradable conclusión. Así que se le ocurrió un método adecuado. Tan sólo comenzó a dictar una serie de frases a la mente del Jefe de seguridad, para posteriormente obligarle a cumplirlas.
  Poco a poco vio como el terror se apoderaba de aquel otro individuo. Pensó que quizás moriría de un infarto después de todo.
Todo lo dicho en aquella sala quedaría perfectamente registrado, y después del asombro inicial quien decidiera hallar sus motivos, se encontraría con alguna relación con un grupo sectario extremo, lo típico. Pero de eso se encargaría más tarde, y no él personalmente.
           
  -¿Le ha costado mucho? -le preguntó la muchacha de recepción en tono jovial.
          -No, ha sido un trabajo fácil -contestó.
          Tan sólo unos minutos después salía por la puerta tal y como entró, contento de haber hecho un buen trabajo, sencillo, pero que sólo alguien como él podía realizar.
           
  -Señor el hombre del mono azul... ¿Señor?...

miércoles, 12 de mayo de 2010

Un Trabajo Fácil - Primera parte

Hace tiempo (concretamente en 2001) escribí un relato sobre Mutantes G2. Largo tiempo atrás olvidado en la carpeta correspondiente, hoy vino a mi memoria y decidí dejarlo por aquí no sin antes hacer algunos pequeños retoques. Restauración creo que lo llaman.


          -Señor, he sido informado de cierto movimiento en los alrededores- comentó el trajeado jefe de seguridad al grueso hombre.
Sentado en el otro extremo de la habitación, y con el rostro cubierto de sudor debido al insoportable calor, el Señor Bercalli mostraba un escaso interés.
          -De que se trata.
          -Al parecer unidades de cobertura militar y posiblemente personal médico. Aproximadamente una veintena de los primeros, y media docena de los segundos. Se encuentran trazando un perímetro circular en torno al hotel, de cincuenta metros de diámetro. Van perfectamente camuflados.
          -¿Tienen alguna posibilidad?
          -Me temo que no señor, a mi juicio lo más probable es que se trate de una barrera posicionada solo en caso de emergencia.
          -Señor, un hombre con un mono azul acaba de entrar en el edificio-Respondió una voz quebrada, distorsionada por la transmisión-.
          -Bien debe tratarse del técnico, se supone que tiene que quedarse en la planta baja para sus operaciones, no obstante cabe la posibilidad de que sea un asesino. Estén bien atentos, quiero que me llamen si toma el ascensor o comienza a subir por las escaleras.
          -De acuerdo señor, corto la transmisión.
          -¿Un hombre? ¿Cree que envían a un sólo hombre para matarme? -Arengó el gordo casi ofendido mientras empapaba un pañuelo con el sudor de su nuca.
          -En absoluto -se apresuro a decir su compañero en la habitación-, es tan sólo una medida de seguridad casi prescindible, un nimio detalle que debe ser controlado. Quizás pensaron que no le daríamos mayor importancia al hecho de ver entrar al técnico y hayan decidido suplantarlo. No deja de ser algo descabellado teniendo en cuenta nuestros efectivos en el edificio, pero no podemos permitirnos dejar pasar por alto esta pequeña medida rutinaria.
El hombre gordo, visiblemente afectado por el calor, hacía cantidad de esfuerzos para concebir de que manera actuarían contra su persona. Mientras, los minutos transcurrían en silencio.
          -¿Y si todo es un engaño, y pretenden hacernos creer que esos efectivos son secundarios y en realidad atacan? -dijo al cabo de un rato- es un calor insoportable...
          -Aparte de desagradablemente ruidoso, sería un intento fallido -aseveró- y tiene razón es insoportable.
          -¿Por que?, ¿Cómo lo sabe? Podrían atacar de cualquier forma imaginable... -un sentimiento de intranquilidad podría verse emerger de entre los pliegues de carne mezclado con el sudor.
          -Señor, todos los parámetros defensivos reglamentarios están operativos. Además, por si la ocasión se tercia, tenemos a una docena de francotiradores apostados, distribuidos entre los edificios más cercanos esperando a que alguien mueva un solo músculo en actitud sospechosa para ser abatido.
La habitación quedó ausente de ruidos unos cuantos minutos hasta que el sonido de algo parecido a unos motores horadó el silencio de la estancia premiando a los ocupantes de la sala con una racha de delicioso aire fresco.
          -¿Lo ve? Lo del técnico era algo descabellado, que rápido... -dijo el jefe de seguridad con una sonrisa en la cara, pues su rostro reflejaba la absoluta convicción de todas y cada una de sus palabras.
          -Gracias a Jesús, creí que iba a morirme -intervino el señor Bercalli con alivio al tiempo que daba una ultima pasada con pañuelo- supongo que tendrá razón, Flecher, nunca se equivoca.
Su rostro mostraba la felicidad del triunfo, el orgullo del que no se equivoca, en ese instante Bercalli supo que tenía ante sí al hombre más engreído que habitaba sobre la tierra.
          -¿Cómo de seguro es este edificio, con sus medidas Flecher? -Enunció visiblemente más relajado, como si la tensión hubiera disminuido de manera proporcional a como lo hacía la temperatura.
          -Bueno, le confieso que la pregunta me coge un poco por sorpresa, pero pensándolo rápidamente yo calculo que es ..., impenetrable -el hombre del traje hablaba con una aplomo sobrehumano.
          -Vaya, eso es ...¿suficiente?. Supongo -rió de manera nerviosa y medio fingida-.
          -¿Sabe? para que se haga una idea, ahora mismo la única posibilidad que cabe es que sea yo quien le mate, pues nadie más podría avanzar un paso por este edificio con intenciones similares sin caer fulminado -comentó con total seriedad.
          -Si es verdad -comentó Bercalli divertido por la grotesca suposición -. Pero es un riesgo que tenía que correr.
          -¿Sabe una cosa? Creo que no bebería haber traicionado a ese funcionario del gobierno ruso.
          -Supongo que tiene razón, pero bueno, hay tantas cosas que no debería haber hecho..., que más da una más.
          -Imagínese que me han comprado y bueno, yo organizo todo esto, le traigo a una habitación insonorizada y...
El hombre de gruesos brazos y piernas no le dejó terminar.
          -No saldría con vida de aquí. –Repuso con cierta agresividad.
          -Si pero quien sabe, podría tener comprado a una buena porción de los agentes que en este mismo edificio velan por su seguridad...
Bercalli quedó sin palabras, no le gustaba el juego de su jefe de seguridad.
          -Bueno, pero usted no me traicionaría por mucho que le pagasen, ¿Verdad?
          -Desde luego, ni por todo el oro del mundo -y dijo esto mientras abría los botones de su chaqueta-.
El sospechoso gesto del hombre hizo estremecer al orondo magnate.
          -Ya está bien Flecher, no tiene ninguna gracia, ya es suficiente.
El jefe de seguridad siguió desajustando botones de su chaqueta.
          -Ya no me interesa el dinero, mi propósito es mucho más elevado... -y diciendo esto agarró su arma con excesiva parsimonia, ademán delicado y fluido; casi con aire ceremonial.
          -¿Que hace? -Bercalli se puso en pie visiblemente afectado.
Flecher alzó su arma con suavidad hasta apuntar al centro de los ojos, como si de un ritual se tratara.
          -¡Pero, pero que significa esto! -dijo al borde de un colapso nervioso- si... si... ¡si es una broma no tiene ninguna gracia!
Era una distancia pequeña, su blanco estaba algo agitado pero casi inmóvil
Dos disparos ligeramente espaciados sonaron en la estancia.
Tan sólo unos minutos después...
          -Señor, el hombre de las reparaciones ha salido del edificio... ¿señor?